El barco se balancea suavemente mientras atraviesa El Río, el estrecho de agua turquesa que separa Lanzarote de La Graciosa. Son solo 25 minutos de travesía, pero sientes como si atravesaras una frontera invisible que te hace cambiar tu rimo de vida. Atrás quedaron las carreteras asfaltadas, el ruido de motores y las prisas. Delante tienes una isla donde el tiempo se ha detenido para brindar el equilibrio perfecto entre lo salvaje y lo habitable.

